PEQUEÑAS INFIDELIDADES

 

No parecía sencillo que Elsa Rovayo, coplera posmoderna y deslenguada, nos pillase con el pie cambiado: sus dos discos y diversos espectáculos anteriores ya la retrataban como una iconoclasta recalcitrante que domina el arte de la sensualidad, la sorna y la picardía. Y sin embargo, Pequeñas Infidelidades, supera todas las expectativas y provocaciones anteriores.Este recorrido con voz y guitarra por las calamidades del amor no correspondido es gozoso, desmadrado y tronchante, por muchos arañazos que arrastre el alma del espectador. Parece un leve divertimento, un pasatiempo entre disco y disco para esa Shica que no sabe vivir sin clavar el tacón en las tablas. Pero Elsa convierte la anécdota en pura dinamita: la velada aporta fulminantes chorretones de humor inteligente y una voz más nítida y matizada de lo que le habíamos oído nunca.Esta vez, La Shica se nos presenta guerrera, con el pelo encrespado, un corset ceñido de leopardo y las medias de rejilla. Es una mujer arrolladora, decidida y de mirada desafiante que se dispone a decir cuatro cositas preclaras sobre las miserias del (sub)género humano masculino. “Todo mentira, porque al final yo soy muy Bambi, una panoli”, advierte a un público que alterna la sorpresa con la sonrisa, el aplauso y la abierta carcajada. Pero, más allá del humor y las reminiscencias cabareteras, Elsa sabe entrelazar un sabroso repertorio de féminas rompedoras, desde La Lupe a Paquita la del Barrio, Martirio, Chavela Vargas. Incluso ¡Pimpinela! Las risotadas a cuenta de ‘A esa’, donde intercala insultos como “coño eléctrico”, no ocultan el encanto de su lectura aflamencada, gentileza de ese guitarrista incontestable que es Josete Ordóñez (Elementales, Eliseo Parra, Ojos de Brujo).Hay momentos delirantes hasta la lágrima, hay proclamas enrabietadas y vengativas que el público femenino celebra con alborozo mientras los varones adoptan rictus de pánico. Pero todo, en último extremo, solo es posible gracias al desparpajo, locuacidad y poderío de La Shica, propietaria de esa virtud tan rara y fascinante que llamamos carisma.

 

Fernando Neira, El País.

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